
Es cierto que la guerrilla empezó este año bisiesto perdiendo a su jefe Raúl Reyes y que no tuvo más remedio que admitir la muerte del sanguinario Tirofijo, que sobrevivía en las entrañas de un computador. Y después vino la catarata de desastres, con la pérdida del espantable Iván Ríos, y de la temible Karina y del horrendo Paisa. Apenas se salvaron John 40 y el Marrano, que tiene las vidas de un gato, pero Gafas cayó en la misma acción prodigiosa en que se salvaron los secuestrados más notables, la mejor obra de inteligencia de ningún ejército del mundo, que fue la operación Jaque. Pero esos son los misterios gloriosos. Porque los dolorosos los aventajan de lejos, al menos en nuestra modesta contabilidad.
Hace años venimos diciendo que no tenemos conciencia clara de que una guerra se compone de imprescindibles acciones militares, que cobran sentido en el marco político en que se ejecutan. Las guerras terminan por ganarlas o por perderlas los pueblos, de los que son los soldados sus expresiones y mensajeros. Y esa guerra, la del pueblo, nos la arrebatan.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos, no tiene otro oficio que el de condenar a Colombia, para salvar a las Farc. Es el núcleo del mamertismo internacional que nos golpea sin compasión, sin que hagamos nada por defendernos. El Gobierno de Colombia nunca supo que ahí se libraba la batalla decisiva y la Cancillería anda demasiado ocupada pidiéndole perdón al Presidente del Ecuador como para darse cuenta de lo que nos pasa. La OEA es la sede de nuestras primeras desventuras.
Allá empieza la tragedia. Que se trasladó a Colombia cuando un par de personajes de menos que mediana categoría, el fiscal Iguarán y el ex Ministro de Defensa Camilo Ospina, acaso por casualidad hoy Embajador en la OEA, acabaron en un papel la institución constitucional de la Justicia Penal Militar. De modo que en un santiamén se acordó que cualquier combate lo juzgan civiles que nunca supieron qué cosa es un combate, y que cualquier baja se calibra por los intereses de los amigos y parientes de la supuesta víctima inocente, combinados con los muy poderosos de los Colectivos y las Asociaciones que montaron el único negocio más interesante que el de las pirámides y la cocaína. Ese de exprimir el presupuesto nacional y mandar a la cárcel los militares mejores, con la inapreciable ayuda de despreciables pitirris, invento mágico de la Corte Suprema, es mejor que la piedra filosofal. Porque todo lo convierte oro y a los enemigos en barro.
Lo que tal vez no entiendan muchos es cómo se compone esa trama. La Corte Interamericana está integrada por el Foro de Sao Paulo, donde moran los socios comunistoides de las Farc. El Fiscal es un pobre diablo, al que manejan sus antiguos patrones y socios ocultos, encabezados por Alfonso Gómez Méndez, quien fuera parlamentario de la Unión Patriótica, brazo político de las Farc. Luego son las Farc las que investigan nuestros hombres. Los procesos continúan en manos de algunos jueces de Asonal Judicial, el sindicato de Jaime Pardo Leal, líder de la Unión Patriótica, otra vez con las Farc montadas a la espalda.
Ahí vamos entendiendo el tinglado de la farsa. Que tuvo en la rueda de prensa del 29 de octubre de este bisiesto año, su más alta expresión. Cuando dieron de baja 27 militares, con tres generales a la cabeza, por falsos positivos que se disuelven en faltas formales que aprecia un jefe guerrillero del Epl, asesor del Vicepresidente. Ahora nos da la sorpresa el general Padilla, cuando en El Tiempo nos dice que contra esos desgraciados no hay acción administrativa ni penal. Los echaron a los lobos como medida preventiva. Y para que a los lobos no falte el alimento. Por si acaso.
Así termina el bisiesto. Con las Farc derrotadas y con el Ejército peor. Es la hora del Foro de Sao Paulo y los mamertos. Curioso fin de la Seguridad Democrática. Aunque esperamos que pasado el bisiesto salgamos del fin y volvamos, siquiera, al principio. Cuando los malos eran los de las Farc.
Fernando Londoño Hoyos (www.lapatria.com)
Hace años venimos diciendo que no tenemos conciencia clara de que una guerra se compone de imprescindibles acciones militares, que cobran sentido en el marco político en que se ejecutan. Las guerras terminan por ganarlas o por perderlas los pueblos, de los que son los soldados sus expresiones y mensajeros. Y esa guerra, la del pueblo, nos la arrebatan.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos, no tiene otro oficio que el de condenar a Colombia, para salvar a las Farc. Es el núcleo del mamertismo internacional que nos golpea sin compasión, sin que hagamos nada por defendernos. El Gobierno de Colombia nunca supo que ahí se libraba la batalla decisiva y la Cancillería anda demasiado ocupada pidiéndole perdón al Presidente del Ecuador como para darse cuenta de lo que nos pasa. La OEA es la sede de nuestras primeras desventuras.
Allá empieza la tragedia. Que se trasladó a Colombia cuando un par de personajes de menos que mediana categoría, el fiscal Iguarán y el ex Ministro de Defensa Camilo Ospina, acaso por casualidad hoy Embajador en la OEA, acabaron en un papel la institución constitucional de la Justicia Penal Militar. De modo que en un santiamén se acordó que cualquier combate lo juzgan civiles que nunca supieron qué cosa es un combate, y que cualquier baja se calibra por los intereses de los amigos y parientes de la supuesta víctima inocente, combinados con los muy poderosos de los Colectivos y las Asociaciones que montaron el único negocio más interesante que el de las pirámides y la cocaína. Ese de exprimir el presupuesto nacional y mandar a la cárcel los militares mejores, con la inapreciable ayuda de despreciables pitirris, invento mágico de la Corte Suprema, es mejor que la piedra filosofal. Porque todo lo convierte oro y a los enemigos en barro.
Lo que tal vez no entiendan muchos es cómo se compone esa trama. La Corte Interamericana está integrada por el Foro de Sao Paulo, donde moran los socios comunistoides de las Farc. El Fiscal es un pobre diablo, al que manejan sus antiguos patrones y socios ocultos, encabezados por Alfonso Gómez Méndez, quien fuera parlamentario de la Unión Patriótica, brazo político de las Farc. Luego son las Farc las que investigan nuestros hombres. Los procesos continúan en manos de algunos jueces de Asonal Judicial, el sindicato de Jaime Pardo Leal, líder de la Unión Patriótica, otra vez con las Farc montadas a la espalda.
Ahí vamos entendiendo el tinglado de la farsa. Que tuvo en la rueda de prensa del 29 de octubre de este bisiesto año, su más alta expresión. Cuando dieron de baja 27 militares, con tres generales a la cabeza, por falsos positivos que se disuelven en faltas formales que aprecia un jefe guerrillero del Epl, asesor del Vicepresidente. Ahora nos da la sorpresa el general Padilla, cuando en El Tiempo nos dice que contra esos desgraciados no hay acción administrativa ni penal. Los echaron a los lobos como medida preventiva. Y para que a los lobos no falte el alimento. Por si acaso.
Así termina el bisiesto. Con las Farc derrotadas y con el Ejército peor. Es la hora del Foro de Sao Paulo y los mamertos. Curioso fin de la Seguridad Democrática. Aunque esperamos que pasado el bisiesto salgamos del fin y volvamos, siquiera, al principio. Cuando los malos eran los de las Farc.
Fernando Londoño Hoyos (www.lapatria.com)
